
Juan Manuel Muñoz, piloto de uno de los hidroaviones en el siniestro de Almería, relata cómo han atacado “un fuego extraño”
Es almeriense, tiene 26 años y lleva dos campañas de incendios en el Grupo 43, la unidad de los apagafuegos, los llamados “corsarios del aire” del ejército. El viernes, mientras se encontraba destinado en el destacamento de Salamanca, le activaron tras la llamada del Miteco (Ministerio de Transición Ecológica) al Centro de Coordinación. Ha pasado dos días echando toneladas de mar Mediterráneo sobre las 7.000 hectáreas quemadas en el incendio de Los Gallardos (Almería), en la sierra de la Cabrera-Bédar, próxima a la casa de su familia. Asegura que “era un incendio extraño”, porque por primera vez “no se enfrentaba a las llamas altas de cuando arden los bosques de León o de Galicia, sino que era todo monte bajo, y lo que se veía desde el cielo era un mar de llamas que se mantenía uniforme”, cuenta.
Desde el viernes, con su Bombardier CL-415, un avión anfibio, amarillo y de aspecto rudimentario y barrigón, ha descargado 20 veces al día las seis toneladas de agua que es capaz de acarrear volando, atacando distintos flancos de los 40 kilómetros de perímetro que llegó a tener el fuego. “Descansábamos a repostar en la base de San Javier (Murcia) cada cuatro horas y media, y nos relevaba otro compañero, hacíamos dos turnos diarios, nueve horas volando, cargando y descargando agua”, cuenta.
Los hidroaviones, al ser vuelos eminentemente visuales, trabajan solo en las horas de luz, es decir, parten al amanecer y deben volver a la base con el ocaso.
La labor del teniente Muñoz y la de sus compañeros ha sido fundamental en este incendio de Almería en el que la complicada orografía del terreno, con profundos barrancos y ramblas, hacía casi imposible el ataque del fuego por vía terrestre. “Cuando llegué, tenía datos de los medios que estaban ya actuando, pero me sorprendió la extensión que había alcanzado el incendio y que las características eran muy distintas a otros”, comenta. “Esta vez no debía tener tanta precaución con la altura de las llamas, sino con los cables de alta tensión que cruzaban los profundos valles, muy peligrosos”, señala. En esas zonas más escarpadas se optó por enviar a las brigadas terrestres con los helicópteros, que tienen más capacidad de maniobra en espacios profundos y angostos.
La ventaja es que en esta oportunidad, debido a las características del incendio —persistente y muy rápido por el fuerte viento—, se optó por cargar agua en el puerto de Garrucha o en mar abierto entre ese municipio y el de Villaricos. “Son decisiones técnicas que competen a la Comunidad Autónoma”, apunta. El coordinador de medios aéreos es el que decide después dónde se realizan las descargas: en el flanco izquierdo, derecho, o en cabeza o la cola del siniestro.
El teniente Muñoz coincide con el resto de participantes en la extinción de este fuego de Los Gallardos en que el principal problema ha sido el viento: “Había muchos nudos de viento que impulsaban el incendio a gran velocidad, cuando llegamos, el cordón de llama era ya muy extenso y obligaba a atacar por muchos flancos distintos”, recuerda. Y apunta: “Los helicópteros se centraron en la zona más próxima a la autovía A-7 y nosotros en la zona norte”.
Muñoz es uno de los 40 pilotos de este atípico escuadrón, una especie de hermandad que surca los cielos casi con carta blanca bajo el lema “¡Apaga y vámonos!”. Surgió en 1971 en el Ejército del Aire y ahora cuenta con una flota de 14 aparatos repartidos, en plena campaña contra incendios, por toda la geografía española. Centralizados en la base aérea de Torrejón de Ardoz (Madrid), funcionan como una subcontrata del Miteco y dependen operativamente de la Unidad Militar de Emergencias (UME) del Ministerio de Defensa.
Ha sido la primera vez que al piloto Juan Manuel Muñoz le ha tocado extinguir un incendio “en casa”. Una vez rebajado el nivel de emergencia de dos a uno, él y los de su escuadrón se retiraron a la espera de volver a ser activados en otro verano que se vislumbra complicado con el fuego.
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