
El ruido de la política difumina el derecho de los descendientes de emigrantes para convertirlos en un arma partidista
En abril de 2007 un anciano Manuel Fraga subió al estrado del teatro Avenida de Buenos Aires para cerrar el mitin del Partido Popular antes de las elecciones municipales.
A las mil personas que lo escuchaban les dijo que el partido que fundó sería siempre el abanderado de la diáspora. Fraga dijo ser “un emigrante más” y proclamó: “No se necesita vivir en España para conocer nuestros problemas. Somos partidarios del voto en todas las elecciones porque afectan a todos los españoles por igual”.
Aquellos años Buenos Aires era un hervidero. Por allí aparecían presidentes de diputaciones, alcaldes y concejales del más recóndito ayuntamiento, especialmente de Galicia, en busca del voto de los emigrantes. La mayoría de estos habían sido expulsados muy jóvenes de España en pleno franquismo, sin poder ejercer su derecho al sufragio, algo que tampoco podían hacer en Argentina, al no nacionalizarse, así que votaron por primera vez en las elecciones de su tierra de origen: la papeleta como forma de arraigo.
En Argentina, el país con más inscritos en el censo del exterior, la política española despertaba una pasión inusitada. El PSOE forró un edificio con banderas en la avenida 9 de julio mientras el PP celebraba pegadas de carteles que no envidiaban a las de Madrid. Aquello era un vivero de votos que se regaba con esmero. A veces, con prácticas irregulares: se llegaron a registrar sufragios de personas fallecidas. En campaña, los partidos conminaban a los emigrantes a llevar su pasaporte para entrar a los mítines. Allí encontraban a veces una fotocopiadora para asegurarse la fidelidad del voto, pues la papeleta debía ir acompañada por la copia del documento.
En aquellos actos escuchaban siempre la promesa de que se elaboraría una ley de descendientes. En Argentina flotaba una sensación de agravio respecto a la otra gran colectividad, la italiana, porque ella sí permitía transmitir la ciudadanía de abuelos a nietos. En diciembre de aquel 2007 se aprobó la Ley de Memoria Histórica, antecesora de la actual, que suscitó críticas de la derecha por motivos ideológicos, pero no por electoralismo, pese a que aquellos años votaba hasta el 30% del censo.
En 2011 se instauró el voto rogado y de repente los alcaldes y diputados desaparecieron. Los teatros se vaciaron y las fotocopiadoras se guardaron. Ya no interesamos, interpretaron los emigrantes. Así que en 2023, cuando regresó el voto sin restricciones, los índices de participación se desplomaron por debajo del 10%. De un lado, por la desafección con los políticos. Del otro, porque los emigrantes primigenios están en edad muy avanzada o han fallecido. Y los hijos —cuánto más ahora los nietos— son electores argentinos y no sienten la necesidad de votar en una tierra que apenas conocen. Para ellos la ciudadanía supone, además de un signo identitario, el pasaporte que les permite emprender el camino de retorno dos generaciones después.
El ruido de la política difumina el derecho de los nietos para convertirlos en un arma partidista. Nada nuevo, porque la emigración —como ahora la inmigración—ha sido históricamente instrumentalizada. Pero lo que antes era un semillero real de votos comprometidos hoy supone un porcentaje con muy poca influencia en el proceso electoral. Lo importante no son las cifras del censo: es quién está dispuesto a ir a votar.
Quien lo haga, opinan en la colectividad, irá acorde a la tendencia general, como ha ocurrido siempre. O casi. En 1989, un Fraga mucho más joven se retiró de Madrid a su Baviera gallega. Se presentó a las autonómicas y ganó la mayoría absoluta por un solo escaño, decidido a su favor tras el recuento de las sacas de la emigración, entre reclamaciones —tímidas— del PSOE por el anormal aumento del voto exterior para el PP en la provincia de Ourense. Nada ocurrió, Fraga logró después cuatro mayorías absolutas y terminó su carrera haciendo promesas a la diáspora que ahora niegan sus herederos en Madrid.
Arturo Lezcano es periodista y autor de El país invisible. Una historia de la diáspora gallega en América.
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