
Lo más probable es que el expresidente, reunión tras reunión, gestión tras gestión, no haya calibrado bien el riesgo que asumía
No he querido saber, pero he sabido, aunque no debería saberlo: las agendas de José Luis Rodríguez Zapatero fechadas entre 2024 y 2025. Se incautaron de ellas agentes de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal ―la UDEF, integrada en la Comisaría General de la Policía Judicial― durante el registro de su despacho a mediados de mayo. Los agentes realizaron el registro siguiendo las órdenes del juez José Luis Calama, quien, de entrada, se limitaba a investigar un caso de presuntos delitos vinculados a la más que discutible concesión de un préstamo por parte de la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales ―la SEPI, adscrita al Ministerio de Hacienda― a la compañía de aviación Plus Ultra. Pero, además de las joyas guardadas en una caja fuerte, la UDEF, a partir de la documentación incautada, elaboró un informe en el que se acusa a Zapatero de haber cobrado de manera ilícita 200.000 euros pagados por un grupo empresarial peruano para que intercediese a su favor ante el Gobierno de Bolivia.
En los anexos de este nuevo informe, fechado el lunes 22, aparece un millar de páginas que nada tienen que ver con la investigación: son mensajes cruzados entre el acusado y su secretaria o las agendas que permiten saber adónde ha viajado y con quién se ha reunido el expresidente durante los últimos dos años. El juez Calama ha anunciado que tomará medidas para identificar a los responsables de esta mala praxis porque considera que los hechos son graves. Ojalá se descubran por el bien del Estado de derecho. Porque lo que la defensa ha calificado como “un desliz” ha activado la elaboración de todo tipo de noticias. Es interesante comprobar cómo la mayoría tienen como propósito la construcción de una imagen del expresidente que, de manera implícita, refuerce su condena pública. ¿Cómo? No deberíamos saber, pero sabemos.
La información de las agendas, al margen del uso judicial que las partes deban hacer de ella, puede interpretarse de distintas maneras. Una creo que aún no se ha planteado, pero intuyo que es relevante en la lectura intrínsecamente política de lo que está ocurriendo y que va más allá de Zapatero. Conocidas las reuniones que mantuvo con unos y con otros, en España o en el extranjero, en La Moncloa o en Suiza, se vislumbra a partir de su figura una red más bien cutre que ha estado operando en los márgenes del orden consensuado en torno al actual Estado del 78. Que todo un señor expresidente se haya movido en esa dimensión desconocida de la política exterior para algunos puede ser una virtud, pero para muchos se trata de un problema, y quien pueda hacer que haga. Porque lo cierto es que esta red, con la coartada de la paradiplomacia, en algunas ocasiones ha operado en un marco de opacidad que no es el de las pulcras democracias liberales ni sus aliados más o menos turbios. Ya sea a través de los contactos con políticos venezolanos o los encuentros que le vinculan a empresas chinas y, por supuesto, en las reuniones que ha mantenido con Carles Puigdemont tras la caída de Santos Cerdán, Zapatero ha desarrollado una actividad de intermediación interesada que ha acabado por situarlo en la zona ambigua de las fuerzas antisistémicas que cuestionan el orden que establece el poder real en España: la oligarquía que manda desde Madrid DF y va más allá del Partido Popular.
Lo más probable es que Zapatero, reunión tras reunión, gestión tras gestión, no haya calibrado bien el riesgo que asumía. Lo tiene. La peligrosidad de pertenecer a dicha red es lo fundamental que revelan sus agendas. No queríamos saber, pero hemos sabido.
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