
Desde que se conoció el auto del juez Calama, no han faltado quienes se han lanzado a fabular hipótesis exculpatorias del expresidente Zapatero con manierismo argumental
La imputación de José Luis Rodríguez Zapatero corre el riesgo de arrastrar consigo no sólo la reputación del expresidente. También está en juego la credibilidad de aquellos que, de forma un tanto extravagante, insisten en retorcer las evidencias para salvaguardar su honorabilidad. Por fortuna, la responsabilidad penal de quien gobernó España la decidirán los tribunales y no ningún opinador. Sin embargo, la calidad de sus argumentos o la percepción pública de su conducta están sometidas a un escrutinio en el que se puede ser mucho más exigente de lo que pautan las leyes y las garantías procesales.
Desde que se conoció el auto del juez Calama y, sobre todo, desde que pasara un mes sin que Zapatero haya respondido por unas joyas cuyo supuesto valor podría ascender a más de un millón de euros, no han faltado quienes se han lanzado a fabular hipótesis exculpatorias con un manierismo argumental que ya quisieran para sí los antiguos teólogos medievales. En el caso de las joyas primero se negó el hecho. Después se ridiculizo a quien las consideró valiosas. Cuando se confirmó el alto rango de las alhajas, se apuntó a la prescripción del hasta entonces inexistente delito. Y, posteriormente, se intentó distribuir una duda apriorística sobre los demás expresidentes con tal de disolver la mancha entre una sospecha universal. Malabarismos retóricos al servicio de una falacia más que evidente.
Quienes intentaron convertir a Zapatero en un faro moral durante años ya ensayaron argumentos arriesgados para legitimar su relación con la dictadura venezolana y sus íntimas conexiones con el régimen chino. Cualquier observador imparcial mostraría un natural extrañamiento al concederle ejemplaridad alguna a un expresidente capaz de confesarse amigo de una persona tan siniestra como Delcy Rodríguez. Es más, que la zona de influencia de ZP siempre fueran dictaduras —y rara vez democracias modélicas— era un indicio de una falta de rectitud que muchos soslayaron convenientemente.
Ahora que el mito se derrumba, hay quienes se lanzan por el extraño precipicio del desprestigio y resulta inevitable preguntarse cuáles son las razones por las que alguien puede arriesgar su reputación defendiendo lo indefendible. Sólo se me ocurren tres motivos: por fanatismo ideológico, por defensa de algún inconfesable interés propio o por dinero. Ninguna de las tres opciones me parece mínimamente honrosa. A no ser, claro, que las veamos a luz de algún faro moral fallido e imperfecto.
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