
Todos ovacionaron en el Congreso, aunque por motivos distintos, dichosos como infantes con su porción de Papa en el paladar
Siete minutos de ovación. Al estilo de una asamblea del Partido Comunista soviético. Siete minutos. Inténtenlo, incluso con el riesgo de parecer desquiciados frente a los suyos: pónganse de pie y empiecen a batir palmas con vigor y sin perder el entusiasmo, continúen así, siete minutos. Solo así comprenderán lo extensos que resultan. Los expertos en radio conocen bien el valor de cada segundo: tras tres minutos uno ya no recuerda ni qué está aplaudiendo. Ah, disculpen, sí lo sabían en esta ocasión. Aplaudían para apropiarse de quien pronunció el discurso, aplaudían para no dejar de hacerlo antes que el vecino o para manifestar que lo oído coincide con la propia ideología, aunque suceda que lo expuesto por el santo padre esté en franca oposición con lo que a diario se defiende a gritos, con ironía o violencia verbal. Sin clemencia.
Ovacionaba la derecha porque siempre ha sostenido que en España la voluntad divina está de su lado, no le falta razón, pero tampoco le sobra, ya que ignora a esos otros creyentes que anteponen la compasión y la generosidad al beneficio personal. Ovacionaba Díaz Ayuso con su vestido negro y su moño de beata, como embargada, y a las pocas horas denunciaba públicamente que quienes nos llegan en pateras portan teléfonos móviles. ¡Móviles en África! Estamos perdidos. Ovacionaban muchos en complicidad con la ultraderecha, transformando al Papa, y esto sí que es insólito, en un progresista. Ovacionaban quienes piensan que su nación es únicamente para los cristianos, quienes recurren al discurso colonialista de evangelizar al incivilizado.
Ovacionaba la izquierda complacida por el trago amargo que han de soportar los de la "prioridad nacional", ovacionaba porque este papa, sereno y culto, impone un silencio eclesiástico al recordar que no deben existir los marginados, que ninguna vida es más valiosa que otra. Pero la izquierda también tuvo que aplaudir fingiendo que no se daba cuenta cuando escuchó aquello de que el ser humano no tiene derecho a eliminar el dolor si este proviene de la enfermedad.
Ovacionaron las diputadas feministas aunque no hay papa sobre la Tierra ni lo ha habido ni lo habrá que respalde el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo. Ovacionaron porque esa mañana en que el estrado se volvió púlpito priorizaron lo apremiante. Es justo reconocer que el discurso a favor de los inmigrantes desprendía un aura de buen samaritano en estos tiempos de crueldad. Ovacionaron siete minutos hasta los seguidores de Trump, los partidarios de la guerra, los equidistantes con Israel, los que ignoran a las víctimas de Gaza, pese a saber que este papa se ha enfrentado a Trump por tales asuntos.
Ovacionaron también quienes, habiéndose erigido en defensores de las víctimas de los abusos eclesiásticos, toleraron que ese tema no figurara en la agenda. Ovacionaron las mujeres ignorando a esas otras católicas que anhelan una Iglesia igualitaria, más allá de las sotanas. Ovacionaron como aceptando que cada uno recibía su porción de discurso: los proinmigrantes, los de la "prioridad nacional", los antiabortistas, los contrarios a la muerte digna y también sus partidarios, los creyentes en una iglesia compasiva y social, los que proclaman a los cuatro vientos que los españoles no matan, ni violan, ni roban, que eso es obra de quienes llegan en patera con el móvil en la mano.
Ovacionaron todos, aunque por motivos distintos, dichosos como infantes con su porción de Papa en el paladar. León XIV, sin proponérselo, terminó encarnando las palabras de san Pablo cuando dijo aquello de ser todo para todos los hombres. Se instauró la paz en el Congreso, concluyó un iluso cronista, pero la paz duró menos de siete minutos. Más reflexión provocaron las palabras de los migrantes del muelle de Arguineguín pronunciadas a la intemperie, fuera del contexto partidista, ante las que solo cupo el silencio y la inevitable vergüenza porque su dolor exista.